Si has llegado aquí pensando «mi gato cojea» y no sabes si esperar a mañana, hay tres cosas que mirar antes de nada: si apoya la pata o la lleva en el aire, si la cojera es constante o va y viene, y si además está apagado, no come o respira distinto. Un gato que cojea y jadea, o que de pronto no mueve el tren posterior, es una urgencia inmediata.

Un gato oculta el dolor mucho mejor que un perro. Casi nunca cojea de forma llamativa: deja de saltar al sofá, elige sitios bajos para dormir, se acicala menos por un lado o empieza a fallar el arenero. Cuando la cojera ya es evidente desde el pasillo, el problema suele llevar semanas instalado.

Esto no es un detalle de manual. Es la razón por la que muchos gatos llegan tarde a la consulta de traumatología.

Un perro con dolor lo anuncia: se queja, lame, busca a su familia, cambia la cara. Un gato hace lo contrario. Reduce lo que hace y sigue con su vida en silencio. En la naturaleza, un animal que muestra que le duele algo se convierte en el más fácil de cazar del grupo, y esa lógica no se ha ido de un animal que lleva diez mil años durmiendo en nuestros sofás.

La consecuencia práctica es incómoda: en un gato, la ausencia de queja no significa ausencia de dolor. Significa que es un gato.

Cuando un gato cojea, antes de la consulta conviene fijarse en siete cosas concretas: si apoya la pata, si la cojera es constante o intermitente, si ha dejado de saltar, si se lame una zona fija, si hay hinchazón o herida, si ha cambiado sus rutinas de arenero y descanso, y si hay síntomas generales. Esa información ahorra pruebas y orienta el diagnóstico.

Míralas con el móvil en la mano. Un vídeo de quince segundos del gato caminando por el pasillo vale más que cualquier descripción, porque en la consulta el gato se queda quieto en el transportín y no camina para nadie.

  1. Si apoya la pata o la lleva en el aire. Un gato que roza el suelo con los dedos y sigue andando no está en la misma situación que uno que mantiene la pata recogida y no la baja nunca. La segunda imagen suele indicar dolor intenso o inestabilidad.
  2. Si la cojera es constante o aparece y desaparece. La cojera que va y viene, y que empeora después de la siesta y mejora al moverse un rato, apunta a un problema articular crónico. La que aparece de golpe y no cede apunta a algo agudo.
  3. Si ha dejado de saltar, aunque no cojee. Es la señal que más se pasa por alto. Un gato que antes subía a la encimera de un salto y ahora hace escala en la silla está diciendo algo, aunque camine perfectamente.
  4. Si se lame o se muerde una zona concreta. El lamido insistente en un punto fijo es una forma de señalar dolor. A veces es lo único que hay, y suele estar justo encima de la articulación afectada.
  5. Si hay hinchazón, calor, herida o un dedo fuera de sitio. Palpa suave y compara siempre con la pata del otro lado, que es tu referencia. Un absceso por mordedura de pelea puede estar caliente y blando bajo el pelo sin que se vea nada desde fuera.
  6. Si ha cambiado el arenero o el sitio donde duerme. Un gato que empieza a hacer sus necesidades fuera de la bandeja muchas veces no tiene un problema de conducta: tiene un problema para entrar y salir de la bandeja, o para adoptar la postura.
  7. Si además está apagado, no come, tiene fiebre o respira raro. Aquí la cojera deja de ser el problema principal. Una cojera acompañada de síntomas generales cambia por completo la urgencia, y el apartado siguiente explica por qué.

No siempre que un gato cojea hace falta una visita esa misma tarde, pero algunas cojeras no admiten espera. La forma útil de decidirlo no es cuánto cojea el gato, sino qué acompaña a la cojera: dificultad respiratoria, incapacidad de mover el tren posterior, una herida abierta o un traumatismo conocido convierten cualquier cojera en una urgencia inmediata.

CuándoQué estás viendo 
Urgencia inmediataNo mueve una o las dos patas traseras · Maúlla de dolor de forma continua · Respira con esfuerzo o con la boca abierta · Hueso visible o herida abierta · Caída desde altura o atropello, aunque camine · Encías pálidas o blancas
En 24-48 horasCojera franca que no mejora en un día · Pata hinchada o caliente · Fiebre o decaimiento sin causa clara · Herida pequeña con mal aspecto · Se lame un punto fijo sin parar
Cita programadaCojera leve e intermitente de semanas · Ha dejado de saltar poco a poco · Rigidez al levantarse que se pasa andando · Gato mayor que se mueve menos que hace un año

La tercera fila es la que más pacientes nos trae con retraso, y es también donde más se puede hacer. Una artrosis felina diagnosticada cuando el gato todavía sube al sofá se maneja mucho mejor que una diagnosticada cuando ya no se mueve de la manta.

Hay un cuadro que se confunde con una cojera y que es una urgencia vital: el tromboembolismo aórtico felino. Un coágulo formado en el corazón viaja y bloquea la circulación de las patas traseras. El gato pierde de golpe la capacidad de mover el tren posterior, grita de dolor, las almohadillas se quedan frías y las uñas se ven azuladas. Ocurre en minutos, no en días.

Lo relevante para quien está en casa es distinguirlo de una cojera cualquiera, y la diferencia es bastante clara cuando se sabe qué mirar: aquí el gato no cojea, arrastra. No apoya mal una pata: no puede mover ninguna de las dos de atrás. Y el dolor es desproporcionado respecto a lo que se ve.

Este cuadro aparece casi siempre asociado a una enfermedad del músculo cardiaco, la miocardiopatía hipertrófica, que en muchos gatos no ha dado ningún síntoma hasta ese momento. Puedes leer la descripción de esta complicación en la ficha de miocardiopatía felina de International Cat Care.

Si tu gato ha tenido alguna vez un soplo, o si notas que respira más rápido de lo normal cuando está dormido, esa información deja de ser un detalle y pasa a ser parte del cuadro. Los síntomas cardíacos en perros y gatos son sutiles hasta que dejan de serlo.

Una cojera que aparece de golpe en un gato que no ha sufrido ningún accidente conocido tiene tres explicaciones frecuentes: una pelea con otro gato que nadie presenció, una lesión articular aguda sobre una articulación que ya estaba deteriorada, y un cuerpo extraño clavado en la almohadilla. Las tres pasan desapercibidas desde el salón.

La pelea es la más habitual en gatos con acceso al exterior o al patio. Una mordedura de otro gato deja un orificio diminuto que se cierra en horas, y debajo se organiza un absceso. El gato cojea a los dos o tres días, con fiebre y sin ganas de comer, y la herida de entrada solo se encuentra si se busca con el pelo separado.

La segunda es la trampa de los gatos mayores. Una articulación con artrosis aguanta años sin dar guerra hasta que un salto normal, de los que ese gato hace veinte veces al día, la descompensa. Los propietarios lo cuentan como una cojera repentina, y desde fuera lo es, pero el desgaste llevaba tiempo ahí.

La tercera es la más sencilla y la que más agradece ser revisada en casa: una espiga, un cristal o una astilla en la almohadilla. Mira entre los dedos y en el hueco central con el gato tranquilo y buena luz. Si ves algo clavado, no lo saques.

No. En un gato, que no se queje no dice nada sobre la gravedad de la lesión. Se ven fracturas completas en gatos que llegan a la consulta ronroneando, y se ven contracturas leves en gatos que protestan mucho. El ronroneo, además, no es solo señal de bienestar: los gatos también ronronean cuando están estresados o tienen dolor.

Lo que sí orienta es el patrón: cuánto tiempo lleva, si empeora, si va acompañado de cambios de rutina y si el gato deja de hacer cosas que antes hacía. Eso pesa mucho más que el volumen de sus protestas.

Y hay un matiz que conviene tener presente con los gatos que viven con otros gatos: el que tiene dolor suele ser el que empieza a evitar los sitios altos, a comer más tarde y a apartarse. Se interpreta como carácter y a veces es una articulación.

Las causas por las que un gato cojea se agrupan en cuatro bloques: traumáticas, articulares, infecciosas y sistémicas. Saber en cuál encaja el caso no sirve para tratar en casa, sino para entender por qué el veterinario pide unas pruebas y no otras.

Traumáticas. Caídas desde ventanas y balcones, atropellos y peleas. La caída desde altura tiene entidad propia, con un patrón de lesiones reconocible que va mucho más allá de la pata: lo explicamos entero en el artículo sobre el síndrome del gato paracaidista.

Articulares y degenerativas. Artrosis, luxación de rótula, displasia de cadera felina. La artrosis en gatos está bastante infradiagnosticada por lo que contábamos al principio: el gato no cojea, deja de saltar, y eso se atribuye a la edad. International Cat Care lo resume con una frase que describe bien el problema en su ficha sobre artrosis felina: los gatos son maestros escondiendo el dolor.

Infecciosas e inflamatorias. El absceso por mordedura de otro gato es un clásico de gatos con acceso al exterior. Empieza como una cojera con fiebre y decaimiento días después de una pelea que nadie vio.

Sistémicas y neurológicas. Aquí entra el tromboembolismo del apartado anterior, y también problemas de columna que se manifiestan como una marcha rara más que como una cojera de una pata.

El detalle de cada una de estas patologías, con cómo se abordan quirúrgicamente, está en la página de traumatología felina.

Mientras esperas la cita, lo correcto es limitar el movimiento del gato a una habitación pequeña sin sitios altos, grabar un vídeo corto de cómo camina, no darle ningún medicamento humano y no vendar la pata. Lo que no se hace en casa importa más que lo que se hace.

  1. Confínalo en una habitación pequeña, sin armarios ni estanterías a las que pueda subir. Un gato con una fractura estable que salta desde el altillo la convierte en una inestable.
  2. Graba un vídeo de quince segundos andando en línea recta, de lado y de frente. Es la prueba que el gato nunca repetirá en la consulta.
  3. No le des nada de tu botiquín. El paracetamol es tóxico para los gatos y una sola dosis puede matarlos. El ibuprofeno tampoco vale. Ningún analgésico humano es seguro en un gato, y ninguno de perro tampoco.
  4. No vendes la pata. Un vendaje mal puesto en un gato corta la circulación con una facilidad tremenda, y el daño que provoca es peor que la lesión original.
  5. Si hay algo clavado, no lo saques. Puede estar taponando un vaso. Se retira en la clínica, con el gato sedado y con capacidad de controlar el sangrado.
  6. Anota cuándo empezó y qué estaba haciendo. «El martes por la tarde, después de bajar del armario» es un dato clínico. «Lleva un tiempo raro» no lo es.

La exploración de un gato con cojera se hace comparando siempre la pata afectada con la del otro lado y recorriendo la extremidad entera, desde los dedos hasta la cadera o el hombro. En muchos gatos hace falta sedación para llegar a una conclusión fiable, porque un gato tenso contrae toda la musculatura y enmascara justo lo que se busca.

Ese es el punto donde la exploración felina se separa de la del perro. Un perro nervioso sigue permitiendo movilizar una articulación. Un gato nervioso se convierte en un bloque, y el mismo codo que estaba claramente doloroso en casa parece normal sobre la mesa.

En el servicio de traumatología de Vetericlinic, el criterio del Dr. Antonio Cañadillas es que una exploración ortopédica felina que no ha podido completarse por tensión del paciente no es una exploración normal: es una exploración incompleta, y hay que decirlo así en el informe en lugar de dar por descartado lo que no se ha podido valorar.

Después viene la imagen. Las radiografías bien posicionadas, y en los casos que lo requieren el diagnóstico por imagen avanzado, son las que separan una contusión de una fractura fisuraria que se va a desplazar la semana que viene.

¿Cuánto tiempo puede cojear un gato antes de llevarlo al veterinario?

Si el gato cojea de forma leve y no hay ningún otro síntoma, se puede observar durante 24 horas. Si a las 24 horas sigue igual o ha ido a peor, toca consulta. Si desde el principio hay fiebre, decaimiento, herida, dificultad respiratoria o incapacidad para mover una pata, no hay margen de observación: es hoy.

Mi gato cojea de una pata trasera, ¿qué puede ser?

En las patas traseras las causas más frecuentes son la luxación de rótula, la artrosis de cadera o rodilla, los traumatismos por caída y los abscesos por pelea. Si además no puede mover ninguna de las dos y tiene las almohadillas frías, hay que descartar un tromboembolismo de forma urgente.

¿Puedo darle un antiinflamatorio a mi gato si cojea?

No sin prescripción. El gato metaboliza los antiinflamatorios de forma distinta al perro y al ser humano, y el margen entre dosis útil y dosis tóxica es estrecho. El paracetamol está directamente prohibido: es letal para ellos. Existen antiinflamatorios seguros para gatos, pero los indica el veterinario con la dosis calculada por peso.

¿Un gato puede cojear por estrés o por frío?

El estrés y el frío no provocan una cojera por sí solos, pero sí la hacen más visible. Un gato con artrosis se mueve peor los días fríos y se queda más quieto, y eso se confunde con que la cojera es del frío. El problema articular ya estaba ahí.

¿Se le puede vendar la pata en casa hasta llegar a la clínica?

No. Un vendaje casero en un gato comprime más de lo que parece y puede comprometer la circulación de la extremidad en pocas horas. Si hay sangrado, se aplica presión con una gasa limpia durante el traslado, sin fijar nada alrededor de la pata.

Este artículo sirve para que sepas qué mirar y con qué urgencia moverte, pero no sustituye a una exploración. Ningún texto puede decirte si esa cojera es una contusión o una fisura.

En Vetericlinic valoramos gatos con cojera y problemas de movilidad: exploración ortopédica completa, con sedación cuando hace falta para que la valoración sea fiable, imagen y un plan que tenga en cuenta que el gato no es un perro pequeño.

Pide cita en el 962 31 96 35 o escríbenos por WhatsApp al mismo número. Si tu gato no mueve las patas traseras o respira con esfuerzo, no escribas: llama.